Arte Egyptian-Sarcophagus-at-the-Metropolitan-Museum-of-Art

Published on mayo 15th, 2015 | by Cristian Fish

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Del museo a la tumba. de Bárbara Cachán

Paseando por cualquier ciudad del mundo, nos encontramos con una plaga de la que resulta difícil escapar: los museos.  Hoy por hoy, el museo constituye un auténtico símbolo no solo a nivel regional o nacional, sino que, a gran escala, forma parte del “patrimonio de la humanidad”. Su función no es otra que cumplir con el cometido digno de contener en sí mismo todo el saber del mundo, o lo que es lo mismo, del hombre. Claramente, en su propia definición nos encontramos con un primer problema: ¿cómo organizar tantas ramas del saber, hazañas y leyendas?

Como bien somos conscientes de ello, la mejor solución pareció encontrarse en la proliferación de una amplia tipología museística. De ahí que surgiese desde el museo arqueológico pasando por el museo de historia natural, el museo de arte; museo del cine; museo etnográfico; museo de la minería; museo del automóvil; museo del ferrocarril; museo del cuento; museo de cera; museo del perfume; museo del abanico; museo de saleros y pimenteros… y así hasta un sinfín de museos, cada vez más extravagantes en cuanto a especie se refiere. ¿Por qué sucede esto? Porque el criterio que establece qué es lo que entra en un museo y qué no, radica en una vaga relación de semejanza entre varios elementos, de la que también se debería replantear su dudoso criterio. Por lo tanto, este despliegue condena al museo como institución que, paradójicamente, ya no guarda nada de valor porque todo es “susceptible” de ser guardado y, por tanto, cualquier cosa puede ubicarse en el museo. Todo es cultura; incluso lo que antes no lo era.Egyptian-Sarcophagus-at-the-Metropolitan-Museum-of-Art

Pero tal vez lo importante de este asunto no se encuentre tanto en la sensación de museo como “lista numerable de cosas”, si no en entender el propio por qué de su función. ¿Qué sentido tiene acumular y etiquetar todo en este mundo y guardarlo en museos? En este sentido, y más concretamente haciendo alusión al museo de arte, Adorno relaciona la palabra alemana “museal” (traducido así como “propio del museo”) con la palabra mausoleo hacia un sentido mucho más sustancial que simplemente fonético; y es que, para el filósofo, “los museos son los sepulcros familiares de las obras de arte”, puesto que “describe objetos con los que el observador ya no tiene una relación vital y que están en proceso de extinción”. Por tanto, se entiende aquí que el museo es un intento fatuo de hacer que algo prevalezca en el tiempo.

En territorio del arte (o lo que sería lo mismo, en el museo de arte), llega un momento en que la concepción el museo como acumulador del pasado sufre una crisis. En 1980, a coalición de una exposición de pintura del Salón del siglo XIX en el Metropolitan Museum de Nueva York, el crítico de arte Kramer cree que el carácter del museo acaba con la obra de arte una vez entra en él. No entiende cómo hacen una exposición de algo que debería haberse enterrado hacía años; y peor aún, cómo podía estar compartiendo espacio con obras contemporáneas. En este pastiche de objetos, encontramos el problema que unas líneas más arriba comentábamos: la relatividad de valores con los que se escoge la ubicación de una y no otra obra, hace que nos encontremos ante un grave problema.

¿Quién toma la decisión de qué es lo que entra y lo que no a formar parte del mundo de la cultura? A pesar de la gran cantidad de museos especializados, siempre va a ver algo que no esté; y que, por supuesto, forma parte de las decisiones y por tanto de las responsabilidades del museo. Él es quién desde su dirección dictamina según criterios estéticos, funcionales e históricos, aquello más conveniente,  reduciendo en sí mismo una pequeña porción de una gran realidad. ¿Eso quiere decir que todo lo que se escapa fuera de los muros encriptados del museo no es cultura? Es obvio que tal afirmación sería una auténtica estupidez; pero sí es verdad que el museo juega aquí un papel importante que lo hace permanecer más allá en el tiempo, aunque su presencia resulta fútil en cuanto a ser contenedor cultural. De hecho este aspecto se recoge muy bien en la novela de Gustave Flaubert, Bouvard et Pécuchet, donde a través de los personajes se parodia esa obsesión de archivación al intentar diferentes tipos de actividades sin éxito. La novela pone en cuestión esa arrogante pretensión de guardar el saber, pues resulta imposible abarcar la gran biblioteca del conocimiento que el racionalismo del siglo XVIII fomentaba.

Y es que al legitimizar en igual de condiciones todo lo que se coloca en él (lo mismo que les sucede a los personajes de la novela de Flaubert), evidencia su fracaso. El museo se constituye como una institución encargada de estudiar, analizar y difundir; la cuestión es el qué, que no lo llega a decir. No es que haya pocas cosas en el mundo como para que todas puedan tener cabida en este espacio; estamos hablando del problema del museo como un problema de heterogeneidad.

Metropolitan-Museum-of-Art-New-York

Con todo ello, sin embargo, el museo sigue su expansión, y su perdurabilidad viene dada por dos razones muy sencillas: la primera, por respeto histórico, (ya que aparte de guardar, el museo ordena en el tiempo) y la segunda por ser depositario de un poder y valor que ha sido atribuido por una comunidad a la representa (humanidad). Por esa misma totalidad es por la que la destrucción de un símbolo como el museo, conllevaría una serie de consecuencias nefastas, entre ellas, la consideración en el pensamiento colectivo del fin de la cultura y, quien sabe, el comienzo de la barbarie, si bien realmente la cultura seguiría existiendo fuera de la institución.

Y es que la pérdida del museo tal y como hoy lo concebimos, no beneficiaria absolutamente en nada en cuanto a que peligraría todo aquello que llamamos cultura, al estar tan recíprocamente unidas. El museo necesita de cultura, y la cultura necesita de él. Por esta misma relación, se debiera revisar el concepto de museo; de todos modos, llegará el día en que la imposibilidad de contener la cultura, hará que no quede otro remedio que solicitar su expansión no como una multiplicación de sus paredes (que es lo que ahora mismo sucede), sino de su esencia. Es decir, se tiene que producir una inversión del contexto, de tal forma que  todo debe sentirse susceptible a formar parte del museo aunque este no exista como institución. Tal vez sea ese momento, en que las puertas de la cripta se abran, y deje de ser esa lápida de encumbramiento del pasado que impide pensar en futuro.   

themetmuseum

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Ilustrador/diseñador de profesión, gamer y cinéfilo como hobbie, y maquinador tras bambalinas de 100grados. www.fishdise.com



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