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Published on diciembre 14th, 2015 | by victor lovicz

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Espejos del Alma

Este artículo forma parte de nuestro fanzine número 13! toca aquí para ver el número completo!

He escuchado muchas veces la expresión “la esperanza es lo último que se pierde”. Sin embargo, si lo pienso bien y abandono el espíritu optimista del refrán, existe un mal capaz de acercarme todavía más a la muerte que la pérdida de la esperanza. Me refiero a la pérdida de mi memoria. El recuerdo de mis experiencias me hace quien soy, me permite tener certeza de mí mismo, es decir, percibirme como entidad única en el mundo y como una suerte de filtro por el que pasa todo aquello que existe. Es común decir que cuando una persona cercana sufre fases avanzadas de la enfermedad de alzheimer, ya no es la persona que una vez conocimos. La memoria es, efectivamente, lo último que perdemos. Sin ella sencillamente no somos. Es el espejo del alma.

En un ejercicio muy delicado de recuperación de la memoria de Indonesia, donde durante la purga comunista de 1965-66 se cometieron más de 500.000 asesinatos por parte de quienes todavía ostentan el poder en gran parte del país, el director estadounidense Joshua Oppenheimer ha conseguido conmocionar al mundo con el binomio The Act of Killing/The Look of Silence. Estrenadas en 2012 y 2015, ambas constituyen un relato desgarrador de aquellos sucesos.

La primera, The Act of Killing, se centra en la historia narrada por los verdugos, caciques y señores de la guerra al cargo de grupos paramilitares, con los que sorprendentemente Oppenheimer consigue entrevistarse. Lo que el espectador no espera es que al ponerles una cámara delante, éstos narren con entusiasmo y detalle sus atroces actos. Lejos de avergonzarse, llegan a representar muchas de las matanzas a modo de recreación frente a la cámara, un hecho que invita a pensar que no son conscientes de lo horrible de sus actos. Cómo si se supieran héroes de la historia. Sin duda, no supieron a lo que iban, y brindaron al resto del mundo un testimonio de primera mano que supone un documento de enorme valor histórico para Indonesia. El director recuerda en una entrevista que no fue dificil que se abrieran a cerca de los crímenes, que lo difícil fue que hablaran de sus sentimientos. Dice que hubo que acercarse a los verdugos como seres humanos, evitando hablar de forma típica mediante el procedimiento de declararlos sencillamente como monstruos por el simple hecho de confirmarse a si mismo que no era como ellos.

La segunda parte, The Look of Silence, aborda la historia desde el punto de vista de las víctimas. Esta vez, a Oppenheimer le acompaña un hombre en sus entrevistas, un optometrista del lugar. Su verdadero nombre nunca se menciona, tampoco los de sus familiares. Su hermano fue asesinado durante las matanzas. Su fría mirada pone nerviosos a los asesinos, ancianos la mayor parte de ellos venidos a menos, los restos deplorables de aquellos que debieron ser juzgados y que por consentimiento del resto del mundo vencieron y reinaron. La intención del chico indonesio no es otra que encarar a los hombres que asesinaron a su hermano. El optometrista no tiene esperanza de hacer justicia, inteligentemente sabe que no puede hallar paz consigo mismo sin pasar página, pero para ello necesita enfrentarse a los caciques con el fin de hacerles poner rostro a sus víctimas. El hombre necesita que la memoria de esos hechos sea recuperada, por mucho que su madre le advierta del peligro que puede suponer desenterrarlos. Pero el hombre no se resigna, muchas otras familias como la suya forman parte de la identidad común de su país. Necesitan reconciliarse con la historia, y para ello necesitan ser incluidos en la memoria de la gente.

Joshua Oppenheimer habla en la página web de la película de que su intención era desvelar cómo es tener que vivir y socializar todos los días con aquellos que provocaron un daño terrible a los tuyos. Cómo es vivir en la resignación del silencio de la memoria. La película es un poema al silencio de las víctimas. Durante parte del documental acompañamos a los ancianos padres del hombre. La madre, aunque con signos de una vida de trabajo y esfuerzo, se mantiene fuerte y lúcida. El padre, esta muy enfermo, sufre delirios, y está muy delgado. Sin duda ha perdido gran parte de su memoria, pues se encuentra muy desorientado. Ni siquiera recuerda el asesinato de su hijo. Hay momentos en los que la fijación de la cámara en el viejo nos obliga a presenciar el preámbulo de la muerte, cuando el cuerpo ya no puede acompañarte pero, sobretodo, cuando la memoria te ha sido arrebatada.

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