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Published on noviembre 1st, 2016 | by Dani Salvador

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El lado oscuro (del diseño)

Me encanta ser diseñador. Me encanta idear cosas con libertad y observar cómo adquieren forma; me encanta estar concentrado todo el día en un proyecto, abandonándome, sin hacer caso a nada, ni a nadie… ojo! ni al móvil! y me encanta recibir el resultado de imprenta (si ha salido bien, claro). Pero ser diseñador freelance es algo más.

Los libros de diseño gráfico son casi tan comunes como los libros de autoayuda o los best-sellers. Para un diseñador, hay pocas mejores maneras de pasar el rato que, inmiscuirse en las páginas de un libro/ revista de diseño, disfrutando de la envidia sana que sentimos al ver el trabajo que nos gustaría haber hecho y encontrando inspiración en lo que aparece ante nuestros ojos. Y, por supuesto, tanto como disfrutar del trabajo, nos gusta encontrar fallos en él. El raje es importante para los diseñadores; lo hacemos muy bien, todos tenemos nuestros motivos para pensar que tal o cual proyecto lo podíamos haber hecho mejor o, por lo menos, de otra forma. Para muestra, me remitiré a las redes sociales cada vez que ve la luz un proyecto de cierta envergadura.

Cuando devoramos los trabajos de los libros y bebemos de las incontables webs y revistas que pueblan la escena del diseño, casi nunca leemos la historia que hay entre bambalinas; casi nunca vemos los sucios detalles que acompañan a cualquier trabajo. Los diseñadores enseguida estamos prestos a contar nuestras fuentes de inspiración o referentes, pero somos mucho más reticentes a la hora de revelar algunas cuestiones como los presupuestos, encontrar clientes, que hacemos cuando al cliente no le gusta algo y rechaza el trabajo (que tanto nos ha costado sacar), etc.

“Las escuelas, se preocupan por formar profesionales con amplios conocimientos y no disponen de tiempo para enseñar a los estudiantes los aspectos de la vida laboral”

Las escuelas, se preocupan por formar profesionales con amplios conocimientos y no disponen de tiempo para enseñar a los estudiantes los aspectos de la vida laboral. La prensa de diseño, se dedica a reproducir el trabajo de los diseñadores del momento, pero evitan las cuestiones prácticas a las que los diseñadores nos enfrentamos día a día (las únicas que conozco, que sí han abordado este tema son Graffica y Visual). Los textos sobre diseño, las opiniones y discursos críticos tampoco hablan sobre las cuestiones prácticas. Y el problema, es que, cada año nuevas hornadas de diseñadores terminan sus estudios, para enfrentarse al hecho de que no hay suficiente trabajo para salir adelante (entiéndase, suficiente trabajo del cual todo diseñador aspiramos a hacer, todos sabéis a que tipo de proyectos me refiero); para sobrevivir como diseñador freelance necesitamos adquirir unos conocimientos empresariales que nuestros predecesores no necesitaron hasta mucho más adelante en sus carreras; ya sea porque estaba todo por diseñar, la entrada de la crisis económica o la liberalización de las nuevas tecnologías (ahora, cualquiera que sepa usar el word, mínimamente el photoshop, o alguna app del smartphone, ya se autoconsidera “diseñador”).

Sin ser un erudito en la materia y en base a nuestra experiencia propia, de esto pretendo hablar hoy, de las bambalinas, más concretamente de algunas cualidades que debemos tener los diseñadores para comunicarnos con los clientes.

Entre todas las definiciones de diseño gráfico que he leído, me gusta la de la diseñadora estadounidense Jessica Helfand. “lenguaje visual que aúna armonía y equilibrio, luz y color, proporción y tensión, forma y contenido. Pero también es un lenguaje idiomático, un lenguaje de señales y retruécanos, símbolos y alusiones, de referencias culturales y deducciones de percepción que retan al intelecto y a la vista.”  

La segunda parte de la definición nos da una clave que yo, considero importantísima para poder realizar proyectos reales; “… un lenguaje de señales y retruécanos, símbolos….” estos, son los elementos que proporcionan al trabajo argumentos y resonancia. Si deseamos introducir estos elementos en nuestro trabajo, significa interesarse por todo lo que nos rodea y sentir curiosidad por otras áreas además del diseño gráfico: política, espectáculos, negocios, tecnología, arte, cultura, el futbol o la lucha en el barro.

Este conocimiento de la cultura que nos rodea, a veces se sitúa por encima de las habilidades técnicas y las calificaciones académicas de cualquier diseñador. Esto es importante para los diseñadores, y la mayoría somos personas con conocimiento cultural; algo que no debería sorprendernos, ya que por una norma no escrita, los diseñadores somos observadores y un poco esponjas para empaparnos de lo que nos rodea. Contra más sensible y comprensible te vuelvas hacia el mundo y la sociedad que te rodea, mejor funcionarás y mejor entenderás a algunos de tus clientes. Ello significa estudiar diseño en todas sus manifestaciones, además de historia del arte o artes visuales en general. Pero también significa estudiar el mundo más allá del diseño gráfico. A veces, los diseñadores, entre los que me incluyo, imaginamos que el mundo gira alrededor del diseño, y cuando trabajas más de 8 horas al día en ello, es difícil salir de esa burbuja. Sin embargo, hay que poseer un interés en la vida más allá de nuestro campo; en mi caso, y sin entrar en personalismo, soy de pueblo (350 hab.), además un amante de la historia y jugador de rugby, y sí, el diseño es mi principal preocupación (no en vano, me da de comer a final de mes), pero no eclipsa los demás intereses.

Y después de todo este rollo sobre los conocimientos que debemos adquirir, ¿cómo lo aplicamos de cara al cliente? Todo este conocimiento extra, nos será útil de cara a un cliente si conseguimos demostrarle algún conocimiento del sector de la actividad del mismo, si podemos hablarle sobre el proyecto inminente y si somos capaces de escucharle en lugar de parlotear sobre nosotros mismos, nos sorprenderá la reacción del cliente, a bien, por lo receptivo que se encontrará ante las ideas que aportemos más tarde. Se trata de una paradoja, pero contra menos centremos la relación cliente/diseñador en nosotros, más obtendremos a nuestro favor. Aunque también (y ahí la paradoja), si poseemos la capacidad de hablar sobre nuestro trabajo de manera coherente, convincente y objetiva, sin recurrir al lenguaje y argot que utilizamos con otros diseñadores, tendremos mucho ganado. Si lo conseguimos, de rebote, nos convertirá en consumados comunicadores.

“Los diseñadores no solemos ser muy buenos hablando sobre nuestro propio trabajo”

Convencer a los clientes de que nuestras ideas son acertadas y de que están gastando bien su dinero requiere enormes cantidades de razonamientos. Las reuniones o presentación de proyectos a nuevos clientes que no saben de diseño, es uno de los trabajos más difíciles a los que nos tenemos que enfrentar. Y, aunque nos sorprenda, los diseñadores (entre los que me incluyo) no solemos ser muy buenos hablando sobre nuestro propio trabajo.

Expresarnos con soltura ante un cliente es vital, pero hay una habilidad más importante si cabe, saber escuchar. Hablo de que nuestros clientes seguro que tienen un punto de vista que necesitamos escuchar, sobre todo a la hora de detectar señales y mensajes no pronunciados. Debemos comprender al que nos contrata, por norma suele ser alguien preocupado por gastar dinero en algo que no puede ver ni tocar, sobre todo cuando es la primera vez que trabajamos con él, no saben lo que están comprando hasta que lo reciben y/o se lo presentamos.

En resumen, hablamos de escuchar el punto de vista del cliente. Sí, todos sabemos que muchos clientes no tienen conocimientos de diseño y que sus ideas muchas veces son verdaderas locuras para nosotros. En otras palabras, debe conseguirse un equilibrio de intereses. Y dicho equilibrio suele alcanzarse a través de la negociación. No se producirá de forma natural, ahí es donde debemos tener “mano izquierda”, modelar al cliente y tratar de llevárnoslo a nuestro terreno sin que este se dé cuenta. También, todos sabemos que existen otros clientes arrogantes a la vez que indecisos y que pretenden saber más que nosotros, en este caso NUNCA debemos tomar la opción de “enseñar trabajo hasta que le guste algo”, debemos escuchar sus instrucciones e intenciones y responder con nuestras ideas, hasta que el cliente acepte, a partir de ahí, desarrollaremos el proyecto, así será más difícil errar. Los buenos proyectos aparecen cuando se consiguen equilibrar los puntos de vista entre nosotros y los clientes, cuando encontramos la sintonía con ellos.

Los diseñadores tenemos multitud de ideas y estamos deseosos de usarlas, pero es un error imponérselas a los clientes. No debemos decir nunca “He hecho esto así porque me gusta.” Todos usamos tipografías, colores, imágenes o diseños porque nos gustan, hasta cuando nos ceñimos totalmente al briefing, seguimos usando estilos y modos de expresión que nos gustan personalmente. No existe nada malo en hacer las cosas porque nos gustan; pero sí en decírselo a los clientes. Es posible que nos salgamos con la nuestra si eres un diseñador de renombre o tenemos una relación de confianza con nuestro cliente; pero si por el contrario, estamos comenzando una relación laboral, debemos ser capaces de articular un razonamiento alrededor de nuestro trabajo. Soy consciente de que, es difícil ser objetivo e imparcial cuando se habla de nuestro propio trabajo (a todos nos ocurre).

Esto sólo son unas pinceladas algo abstractas, de como comportarnos con nuestros clientes, en base a nuestra corta experiencia y en nuestra opinión. No existe un patrón estricto, no hay ninguna prueba de fuego para medirlo, y esta es una de las mejores cosas de nuestra profesión, que incluye muchos tipos distintos de proyectos y de clientes; con lo cual no existen unas reglas o consejos universales.

Sirva esto como un artículo en el que un diseñador, en lugar de su inspiración y referentes, cuenta como es, para él, la trastienda del diseño, dando algún consejo de lo que, a base de prueba error, le ha funcionado (y no siempre).

 

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