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Published on octubre 30th, 2014 | by 100grados

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La tradición sainetesca y Ocho apellidos vascos, de Juanma Martínez

Elemento indisoluble de su éxito comercial

El multitudinario éxito de Ocho apellidos vascos se debe a múltiples razones que fueron abordadas por la crítica, las entrevistas a sus responsables y los reportajes periodísticos sobre la película. Aunque apenas se reconociera en estos documentos, una de esas razones del éxito popular es la utilización, más o menos consciente, de recursos procedentes de la tradición sainetesca.

El sainete lo define el Diccionario de la Real Academia Española (2014) como “pieza dramática jocosa en un acto, de carácter popular, que se representaba como intermedio de una función o al final.” Es decir, el sainete era una pieza teatral breve de carácter jocoso o burlesco que se dibujaba las costumbres, satirizaba los vicios, denunciaba los errores y solía representase al final de las funciones teatrales.  Esta definición solo nos da una perspectiva general sobre lo que verdaderamente representa el género como tal y sobre las características que lo conforma. Pero, nos puede servir para empezar a trazar el hilo conductor entre esta pieza popular y Ocho apellidos Vascos.

Tenemos que tener en cuenta que el sainete, por sus características especiales de fugacidad dramática, no puede darse como tal en el medio cinematográfico, ya que el cine requiere de la imagen continuada, y el sainete carece de esto. Pero sí que encontramos rasgos que denominamos ‘sainetescos’ que aparecen dentro de la película.

Uno de esos componentes es el costumbrismo, o dicho de otra manera, la capacidad que tiene una obra, del tipo que sea, para reflejar los aspectos sociales, cotidianos y usuales de la realidad en la que se inserta. En la película de Martínez-Lázaro encontramos la presencia continua de regionalismos (Andalucía – País Vasco) que acentúan el costumbrismo propio de cada localización geográfica uniendo el habla popular con los pensamientos de cada zona. Es decir, a lo largo de la filmación vemos la rivalización patente de andaluces y vascos. Esto se nos muestra desde la primera escena cuando Amaia (Clara Lago) se enfada con Rafa (Dani Rovira), ya que él ridiculiza a los vascos mediante la escenificación de un monólogo. A esta rivalización patente en la sociedad coetánea, hay que sumarle la variedad diatópica que maneja cada sector geográfico. Los andaluces en la obra son andaluces desde el habla hasta el propio folclorismo, al igual que los vascos. Estas variedades conducen a la deformación lingüística y al juego de palabras que provoca el humor y la comicidad.

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Otro rasgo del sainete que aparece en la obra es la escasa información psicológica que tenemos, sobre todo, de los protagonistas. La trama se centra más en la creación de escenas cómicas que en el propio desarrollo de los personajes. Aunque sí encontramos un desarrollo en el plano sentimental pero, a mi modo de ver, solo es un pequeño hilo argumental para conducir la obra.

También encontramos que Rafa (Dani Rovira) no maneja las riendas de su vida. En un primer momento parece que su viaje al País Vasco es voluntario. Pero, una vez que ha llegado no puede volver a Sevilla por una serie de infortunios y de situaciones ajenas a él que lo conducen hasta la costa vascuence. Esta situación se da continuamente en los personajes sainetescos, son personajes atrapados por la situación social en la que se mueven.

Por otro lado, encontramos que el sainete es un género sentimental que suele basarse en las historias de amor de los protagonistas. Este tema vertebral se debe, sobre todo, a la fugacidad de la obra, es decir, los sainetes son obras muy escuetas que necesitan de temas recurrentes y visuales para que el público los pueda captar y reconocer. Pues bien, este es otro nexo de unión entre la tradición sainetesca y Ocho apellidos vascos. En el film vemos que hay una tendencia hacia el sentimentalismo y el melodrama. Como he dicho, el hilo argumental de la obra es la historia de amor de los dos protagonistas. Al final de la obra los acontecimientos se resuelven con unos situaciones positivas, felices, y en cierto modo, ideales. En este último sentido me refiero a la imagen romántica final cuando los dos protagonistas se encaminan en un carro de caballos con una canción andaluza a recorrer las calles sevillanas. Este rasgo, además, podemos enlazarlo con la tendencia al regionalismo y folclore que he mencionado anteriormente.

Sin duda alguna Ocho apellidos vascos no debe su éxito única y exclusivamente a la gran difusión publicitaria por parte de  sus patrocinadores. Sino que también la obra, por sí misma, ha sabido crear un ambiente propio que nos conduce a la comicidad y al humor basándose en la tradición sainetesca, rasgo que muchos no pueden o quieren ver. Pero tenemos que hacerlo evidente y darle la importancia que se merece dentro del propio film y dentro del panorama teatral, literario y cinematográfico actual.

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