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Published on julio 14th, 2015 | by 100grados

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Romain Gavras. La provocación como aliada

Por Victor Lovicz

Romain Gavras es una de las figuras más prometedoras dentro del ámbito de la creación audiovisual, por mucho que nos pese la expresión. Se trata de un autor que no parece dejarse atar por formatos o modelos de representación. Su destreza en la realización de videoclips es reconocida, así como su experiencia en el terreno del cortometraje y, recientemente, el largometraje. Aquí vamos a ocuparnos principalmente de su primera faceta, la de realizador de vídeos musicales, puesto que es donde el autor ha podido, quizás por el mayor número de piezas en este ámbito, desarrollar con mayor profundidad el imaginario que recorre su obra. La mayor parte de sus videos musicales son fácilmente localizables en la red (Youtube, Vimeo) así como alguno de sus cortometrajes. En 2010 se estrenó Notre Jour Viendra, su primer largometraje, protagonizado por Vincent Cassel y Olivier Barthelemy.

Hijo del también realizador Konstantinos Gavras, “Costa-Gavras”, la proyección política (o cuanto menos social) de su obra es notable. En el trabajo de Romain Gavras se distingue una clara intención de poner el foco en grupos de individuos marginados por las sociedades industriales modernas. Universos distópicos, miradas crudas y certeras hacia la realidad actual, o sencillamente un ritmo en el montaje y una concepción del plano que inspira fuerza y vigor, son aspectos que caracterizan su trabajo.

Queremos dar a conocer uno de sus vídeos musicales que hemos considerado paradigmático y que queremos compartir con el lector. Se trata de una pieza que el artista francés realizó en el año 2008 para el single Stress del dúo de música electrónica Justice, formado por Xavier de Rosnay y Gaspard Augé.

En una brevísima descripción, vemos a una banda de chavales, de ascendencia árabe y subsahariana, de los suburbios de una gran ciudad, a los que acompañamos en una tarde de prácticas vandálicas en la que vemos como intimidan y acosan a todo el que se encuentran a su paso. Como la encarnación de la frustración de todos los barrios marginales, la banda avanza como un torrente. Un recorrido que empieza en una barriada de extraradio, pasa por paradas de metro, puentes y bares, para terminar en un solar al que llegan en un coche robado al que prenden fuego. Sin duda una invitación a interpretar que el vehículo representa el alma de una realidad rígida que avanza de forma imparable y cuya reversión parece pasar por su necesaria destrucción. Gavras consigue, con una representación realista y cruda de la violencia urbana, captar nuestra atención al instante, planteándonos un problema: la crueldad de una sociedad capaz de producir la agonía que lleva a este pequeño grupo de chavales a hacer lo que hacen ante la nula perspectiva de futuro. Si bien ha sido muy criticado en su forma de tratar la violencia, como también lo han sido la gran mayoría de las obras que salen del colectivo de artistas Kourtrajmé (fundado en 1994 por el propio Gavras y por Kim Chapiron y que acoge hoy en día a más de 135 artistas internacionales que comparten una visión común sobre los efectos de las sociedades modernas ejercen sobre las minorías) Gavras recurre mucho a ella como elemento catalizador, frente al que el espectador se siente provocado por una agresividad ante la que exige una explicación. La reflexión es el siguiente paso. La acción contiene tal crudeza que viene acompañada de una sensación de equívoco constante en el que como espectadores no nos sentimos en absoluto orientados y que nos produce un escándalo interno que nos agita y que nos obliga a verificar constantemente que lo que estamos viendo es en efecto un videoclip. La música contribuye sin duda a la emoción, que aleja la acción de la realidad y nos permite una identificación con los personajes que precede necesariamente a toda reflexión profunda que en este caso cuestiona los límites de la responsabilidad de sus actos. Existe sin duda una responsabilidad personal, pero debemos también considerar la perspectiva social de su reacción, provocada en gran medida por una violencia estructural invisible y sistemática. Se trata de un asunto complejo, que Gavras aborda de forma descontextualizada y punzante, sin tabúes, que apela fuertemente a nuestra emoción, a la pura pulsión de la acción en sí misma, una acción que el espectador se ve empujado a ubicar en un contexto de combinación causa-efecto ante lo selectivo del asunto.

La obra de Romain Gavras, en cualquiera de sus formatos, contiene en general una aura trágica que acompaña a sus personajes en una camino que no conduce a ninguna parte pero que recorren con espíritu de superación como elemento puramente ontológico. Un mirada hacia lo colectivo, la multitud que se infla de orgullo para reinvindicar su presencia en el mundo, al tiempo que individual, personas resignadas a tener una visión utópica de aquello que anhelan con profunda rabia, pero que sin embargo se sienten incapaces de alcanzar. Una reflexión de grupo, de clase, o como queramos llamarlo, y una reflexión personal, que apunta a la particularidad de cada individuo, a sus traumas e inseguridades, a su certeza de sentirse único y diferente dentro de una sociedad que premia la estandarización. Existe un componente activo en los postulados del realizador francés. Su propuesta no es retórica, apela a la acción, se centra en la lucha (y en la desesperación al mismo tiempo) del paria que vive aquí hoy, que sabe que es mortal, y que se ahoga y se agota ante el tiempo que la humanidad esta desperdiciando sin reversión posible.

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